Creo que fue Luis Carlos Galán el que decía “el país debe partir de lo fundamenta a lo inocuo para generar el verdadero cambio que se necesita”. Cuando el mundo pasa por uno de los momentos más complejos de la historia es normal que la situación mundial no nos fuera ajena a los colombianos, la Pandemia ha sido un punto de inflexión que ha mostrado la verdadera cara de la crisis de la sociedad mundial.


En Colombia la pandemia mostró la crisis económica que venía divisándose antes del inicio del cierre económico y que mostró la cara cruda del déficit fiscal que viene aquejando al país desde hace muchos años. La falta de imaginación de la clase dirigente colombiana hace que la única respuesta a los problemas económicos del país sea otra reforma tributaria porque siguen creyendo que el problema es la falta de recursos, el tema es una condición cultural que a aquejado al país desde hace años y que seguimos desconociendo por conveniencia de la clase política, el problema de la falta de recursos es la corrupción.


Hagamos un ejercicio, un político que se lanzar a un cargo de elección popular y necesita veinte mil votos para ganar un voto en Colombia vale cincuenta mil pesos promedio, es el promedio más caro de América latina por cierto, ya sea que los cincuenta mil pesos se paguen en infraestructura política o directamente en pago al elector el cual configura una forma de corrupción llamada compra de votos, si este último se configura la gente elige al político por un periodo de mil cuatrocientos sesenta días si dividimos los cincuenta mil pesos que vale el voto, por los mil cuatrocientos sesenta días para los que fue electo, da treintaicuatro punto dos pesos diarios que es el monto por el cual la gente vende el voto realmente termina convirtiéndose en un buen negocio para el político y en un pésimo negocio para el vendedor del voto.


Nuestro político entonces invirtió mil millones de pesos para salir electo ya sea de su pecunio o de apoyos de terceros, el político ya electo tiene un sueldo de diez millones de pesos en un año se gana ciento veinte millones de pesos por cuatro años que va a estar en el poder nuestro político electo se va a ganar por honorarios cuatrocientos ochenta millones de pesos tendría un déficit de quinientos veinte millones de pesos nadie invierte mil millones para perder quinientos veinte. ¿Como se recupera el excedente? con burocracia y manejo de la contratación es lo que se llama en términos populares el CVY o como voy yo, que en condiciones normales y culturalmente esta estandarizado en el diez por ciento en ocasiones es superior por este medio se recupera lo invertido sin ganar un peso de lo invertido y si se quiere ganar se debe hacer esto con toda la contratación. El problema de este tema es que se vuelve una construcción cíclica que se repite en todas las esferas político administrativas del país y no tiene fin si no cortamos con la lógica.


Dijo Moisés Wasserman que la reforma tributaria es como darle droga a un adicto y tiene razón es como recolectar agua en un colador, si se acepta la reforma tributaria lo único que se va a hacer es a destinar más recursos que van a darle más alimento a la corrupción del país, el país necesita recursos el gobierno estima veintiséis billones de pesos, no golpeen al país en los momentos más difíciles es hora de hacer una reforma estructural al estado que minimice o acabe el impacto de la corrupción en las finanzas públicas, estrategias que pueden ir desde el financiamiento de campañas por parte del gobierno, el aumento de penas para los delitos que estén relacionados con este flagelo, la legalización del lobby político.


Es hora de tapar el colador que es la corrupción para las finanzas del país iniciando con una premisa que el profesor Carlos Gaviria Diaz tenía clara “el que paga por llegar entra a robar”. Si iniciamos cambiando la lógica de financiamiento de las campañas estatizando la financiación se daría un paso para frenar la feria de millones en que se han convertido las campañas y se cortaría con uno de los principales factores de la corrupción, el compromiso político particular que remplaza el compromiso ideal de la democracia que es el compro.